Ser o no Ser

"La gente que uno quiere
debería morirse
con todas sus cosas.“

 (Gabriel García Márquez)

El inefable Nito Mestre hubiera aprovechado esa insuperable oportunidad para evocar aquel inolvidable verso de su autoría, no apto para diabéticos, (igual a todo lo que acostumbra componer) y que dice: "Hoy tiré viejas hojas, esas que hablaban de pasado". Pero no. Lejos de eso Manuel se limitó a encender el fuego para el asado del domingo y esperar en silencio con un vaso de cerveza a que estuviera bien crepitante. Entonces sí, fue a buscar aquella agenda destartalada con tapas forradas en tela azul y la abrió con la idea de hacerla cenizas.

La agenda de contactos y anotaciones personales de su padre. Direcciones para llegar a lugares que ya no existían, números de teléfono para comunicarse con gente que ya no estaba y quién sabe qué otras cosas más.

Hojas escritas con dedicación y esmero, apuntes que alguna vez fueron de suma utilidad para su creador, expresiones de un hábito que hoy conforma una peculiaridad (vaya uno a saber si por pereza o por falta de pragmatismo, anotar datos o escribir apuntes en un papel se han vuelto hoy en día costumbres casi extintas).

Manuel amagó a leer las notas casi como en un acto reflejo, pero por respeto a su imaginación prefirió no hacerlo. Antes nunca se le hubiera ocurrido, por eso ahora le resultaba como una suerte de atropello póstumo.

Pero, qué lo motivaba a destruir aquello que podría considerarse el recuerdo de un ser querido y también por qué no, una fuente reveladora de rasgos inexplicados?, nada menos que de su padre en este caso.

Motivado por la minúscula cuota de inocencia que había logrado preservar a lo largo de su vida, Manuel creía que las cosas que una persona común guardaba escritas en un papel y conservaba celosamente en vida, así fueran direcciones y números de teléfono, resultaban parte de su universo privado, constituyéndose en pequeños secretos, y en calidad de tales así debían seguir siendo mantenidas. Por eso, y en honor a la memoria de sus dueños, entendía que resultaba sano y noble abstenerse de cualquier acto de profanación alguno.

Era consciente de que ante tamaño manifiesto cualquier fundamentalista de la curiosidad estaría dispuesto a ejecutarlo, y aún también por menos que eso, lo sabía, pero igualmente consideraba con suma convicción que aquellos secretos que pudieron conocerse pero se eligió no hacerlo resultarían siempre en sabrosas e interminables pasturas para la imaginación.

También solía pensar que para declinar el conocimiento de un secreto se requería de una importante cuota de coraje, la misma cantidad que de seguro se necesitaba para asumir el conocimiento de una verdad impensada (todos los secretos lo son), aunque esto último era un argumento propio de los profetas de la curiosidad malintencionada, de eso estaba seguro.

Así fue entonces como en una ceremonia informal e improvisada arrancó y quemó una a una las hojas de aquella agenda destartalada que su padre una vez inaugurara para luego seguir alimentándola durante años.

Por un momento le sobrevino cierta tristeza al pensar que quizás alguna vez, inexorablemente, alguien también dedicaría un momento de su tiempo para eliminar esa clase de pertenencias suyas.

Claro que comparado con quemar hojas en el fuego, hoy en día, borrar el perfil de un individuo de cualquier red en Internet resulta un acto mucho más prosaico y menos romántico, pero es lo que hay y seguramente así será en tanto quien lo haga tenga el coraje suficiente para declinar la tentación de adentrarse en la órbita de sus secretos, aunque pensándolo bien, quién se molestaría en destruir algo que ni siquiera ocupa espacio ni junta tierra…

Mientras las últimas hojas de papel se terminaban de calcinar reflexionó: "Dicen que no somos nada, pero en realidad cada día que pasa vamos siendo menos que eso".

En silencio levantó el vaso de cerveza frente al fuego y lo vació de una sentada.

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