El primer vuelo

"El placer más intenso de un individuo

puede estar escondido en el instante más pueril

detrás de la circunstancia más compleja"

Qué hora sería?, Recién las tres de la tarde. Desconocía con exactitud cuánto tiempo faltaba, pero lo que sí, el reloj parecía correr más lento a propósito. La excitación crecía a cada minuto. Faltaba mucho todavía, una vida se podría decir, pero Gino estaba listo hacía ya por lo menos otra vida.

— Abuela, cuánto falta?.

— Faltan dos horas Gino, andá a jugar.

— Y eso cuánto es?.

—Cuando esta aguja esté acá y esta otra acá será la hora.

Gino se quedó mirando el reloj de pared fijamente. El imperceptible movimiento del minutero le dio una idea aproximada del calvario que todavía debía soportar.

Con diez años de vida, si hubiera tenido incorporada la elección en su conciencia, hubiera preferido morir, la espera le resultaba insoportable.

De pronto la voz de su abuela lo volvió a la vida: — Gino, ya es hora, agarrá el regalo y vamos.

El mundo recobró su color, todo volvió a tener sentido. Allá iba, de la mano de su abuela, al cumpleaños de Bautista, a una cuadra y media de su casa.

— Bueno, te dejo — le anunció su abuela, — jugá y no pelées, portate bien. Vas a saber volver solo o querés que te venga a buscar?.

— No abuela, yo sé volver.

— Bueno, acordate bien cómo te dije que tenés que cruzar la calle. Y no seas zonzo, comé torta.

Gino asintió con un movimiento de cabeza y acto seguido despidió a su abuela con un beso delante de la sonrisa de aprobación de la madre del cumpleañero.

Apenas comió un par de sandwiches de miga, unas papas fritas y unos chicitos. Un vaso de Coca le sirvió para bajar la frugal ingesta. Con poco interés en participar, terminó mirando cómo los demás jugaban. Una nena le convidó un pedazo de Bazooka jirafa, lo masticó un rato pero el enorme tamaño del chicle y la culpa del placer prohibido hicieron que terminara escupiéndolo. En el fondo del patio había un payaso que se desgañitaba por atrapar algo de atención infantil.

Nada. El placer para Gino todavía no había llegado.

— Qué hora es?, — le preguntó a la mamá de Bautista.

— Son casi las seis de la tarde Gino.

— Ya me tengo que ir — dijo sin dudar.

— Pero Gino!, ya te vas?, te vas a perder la torta!

— Es que ya me tengo que ir — contestó sin exponer mayores razones.

— Bueno, al menos esperá que te doy un globo y una bolsa de sorpresas. Tenés que caminar hasta la otra esquina, doblás y cruzás la calle, después seguís media cuadra hasta tu casa. Vas a saber llegar?, querés que te acompañe?

— No gracias, está bien — respondió con seriedad.

Al pisar la vereda Gino sintió que todo el sacrificio de la espera en su casa no había sido nada comparado con el ansiado placer que comenzaba a experimentar. El mundo se habría a sus pies. Cada paso que daba por cuenta propia y en compañía de nadie era como una bocanada de libertad que jamás antes había experimentado. Todo había adquirido un color más intenso. La gente adulta lo miraba pasar sin poder contener un gesto de asombro y admiración. Desde los autos las personas lo saludaban maravillados. Los niños de su edad se quedaban mirándolo mudos de sorpresa, y él pasaba a su lado con un gesto de natural suficiencia. Los perros no podían contener el deseo de seguirlo, y él iba caminando glorioso, con su globo flotando detrás de sí como si de su escolta se tratase.

Una cuadra y media de extremo placer y felicidad, cómo explicarlo.

Delante de la puerta de su casa se paró y tocó timbre. Su abuela abrió la mirilla y lo miró con una enorme cara de desconcierto, no lo esperaba hasta dentro de una hora.

— Gino, ya te volviste?!, qué pasó?, te peleaste con alguien?

— No abuela, me aburría.

— Pero Gino!, te viniste muy temprano!, seguro que ni siquiera probaste torta?!. Comiste algo? — le espetó su abuela, mujer práctica cuya niñez había estado signada duramente por la escasez casi permanente de recursos, por lo que ya de grande y habiendo superado esa etapa de carencias, cualquier convite invariablemente significaba un evento de obligado provecho.

— Si, comí sandwichitos…

— Pero qué chico zonzo, no comió ni jugó. A la noche seguro vas a tener hambre.

La abuela desapareció rumbo a la cocina farfullando. Gino se sentó en el sillón con su globo, para repasar con más comodidad los recuerdos recientes de su gran aventura. Imposible compartir su experiencia aunque quisiera, no lo entenderían.

Una hora de cumpleaños en la casa de un vecinito jamás podría equipararse a esos cinco minutos de pleno control de su vida.

Volver solo a su casa. El relámpago de indescriptible delicia que significaba ese hecho había sido desde un principio su principal objetivo. Motivado por su ansiedad infantil había sacrificado sin dudar toda otra posible experiencia previa para apurar ese momento de gozo. Sin duda alguna, eso había sido lo mejor de la fiesta.

En la comodidad del sillón y acompañado de su globo Gino saboreaba un estado de plenitud que con los años aprendería a reconocer como muy valioso por lo infrecuente, y mientras que pensaba en las aves se preguntaba si recordarían para siempre su primer vuelo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Porno Estreamer

Los Olvidados