Los Olvidados
(Alejandro Dolina)
Plinio El Viejo sostenía que lo mejor que la naturaleza le había dado al hombre era la brevedad de su vida.
La conciencia real de esa brevedad suele enriquecer y hacer más intensos todos los aspectos y experiencias de la vida de un individuo, pero en esa brevedad, en ese suspiro que es la vida de toda persona existe una obsesión permanente más o menos visible, más o menos marcada pero siempre presente: La necesidad de trascender.
Imprimir una marca en el camino que se transita, seguir existiendo a través de la impronta que pueda dejarse en la memoria del otro, perdurar.
Se puede trascender de muy diversas maneras. La historia rural de nuestro país por ejemplo, es prolífera en personajes pintorescos que habiendo elegido los tortuosos caminos prohibidos por la ley, lograron trascender su propia existencia bajo el oprobioso título de ladrones, bandidos o bandoleros.
No obstante, la memoria popular en un genuino acto de rebeldía contra el sistema, los ha ido entronizando como abanderados de la defensa de débiles y desposeídos, todo a fuerza de ir cubriéndolos con progresivas pátinas de romanticismo y heroicidad que terminaron por suavizar las aristas oscuras y muchas veces crueles que sus actos pudieran haber contenido.
Es así que figuras como Juan Bautista Bairoletto, Ascencio Brunel, Segundo David Peralta, Martina Chapanay, Guillermo Hoyo, y hasta los gringos Butch Cassidy y Sundance Kid por nombrar algunos, han alcanzado chapa de deidades en el panteón de la mitología popular.
Lo que muy pocos saben es que a un tiro de piedra de este selecto grupo de notables forajidos existe otra clase de individuos a quienes la popularidad le ha resultado esquiva. Individuos que habiendo aspirado fervorosamente a trascender sobre la tan mentada alfombra roja de la delincuencia, fueron apartados de ella por los caprichosos vaivenes del destino, terminando a la sombra del olvido.
Tal es el caso de Lindor Inocencio Pechofrío, alias "Picante", sobrenombre que según dicen, intentó auto imponerse sin éxito, como medida preventiva para morigerar los efectos jocosos que su apellido causaba en el entorno cercano.
Taciturno y poco demostrativo, así lo recuerdan quienes lo conocieron. Curtido al calor de las labores rurales, no era más expresivo ni más blando que los postes de alambrado que solía plantar.
El aburrimiento o algún viejo encono no resuelto lo empujaron al mundo del delito cuando decidió planificar el secuestro de Evarista, la oveja favorita del intendente de Salsipuedes, pueblo lanero perdido en algún lugar de la Patagonia y del que era oriundo.
El síndrome de Estocolmo que el ovino desarrolló casi inmediatamente hacia su captor convenció a este de huir del pueblo con su nueva amiga resignando así el botín del rescate, (aunque es incomprobable, dicen que la oveja no solo se metió en la bolsa con entusiasmo sino que además le ayudó a cerrarla).
De este extraño episodio surgió una sociedad no planeada, compuesta por dos seres solitarios e incomprendidos que conformarían una banda poco recordada que se dedicó a asolar durante algunos años los campos y poblados de diversas zonas de la Patagonia, con resultados variados y no siempre exitosos.
De los escasos datos que se han conseguido recopilar se puede afirmar que a diferencia de los estadounidenses Bonnie and Clyde, que asaltaban gasolineras y pequeños comercios en los estados de Kansas, Texas y Misuri, Lindor Inocencio y su oveja Evarista estaban motivados más por cuestiones ideológicas que materiales.
Lindor, haciendo propia la causa que su socia enarbolara en contra de la explotación de sus congéneres, decidió abandonar el consumo de carne y lana de oveja.
A través de un grupo anarquista conocido como "Libertarios Porque Si", muy popular a principios de siglo XX, consiguieron acceder a una imprenta para la impresión de panfletos con consignas de tinte informativo y pedagógico tales como: "El pullover que te abriga dejó en pelotas a una oveja" o "Contá ovejas para dormir, pero no las muerdas", todas orientadas a concientizar a la población en general.
En poco tiempo, no conformes con la campaña de divulgación propagandística, decidieron infligir presión sobre los grupos económicos que se enriquecían con la explotación ovina, pasando a los hechos a través de raides delictivos signados casi exclusivamente por ataques sistemáticos a galpones de esquila y a puntos de venta de carne de oveja.
Las anteriores consignas panfletarias fueron reemplazadas por otras abiertamente agresivas y amenazantes tales como: "Por cada hermana esquilada dos de ustedes perderán sus chuzas", "Guerra santa a los matarifes de ovejas" o la muy recordada "Te metés con una y te metés con todas" (de esta última el museo de Trevelin conserva un ejemplar que exhibe en una de sus vitrinas).
El modus operandi de sus irrupciones era casi siempre el mismo: Amparados por las sombras de la noche y a altas horas de la madrugada, irrumpían en inmediaciones de carnicerías y galpones de esquila muñidos de baldes de pintura con la que garabateaban consignas en paredes, vidrieras y portones para luego escapar a todo galope montados en el pangaré de Lindor, al tiempo que Evarista encaramada en la grupa del noble corcel cubría la huida con una estela de panfletos.
En otras oportunidades las acciones guerrilleras se enfocaban en la destrucción de corrales y alambrados con el fin de devolver a las ovejas la libertad que el sistema de explotación les había quitado.
En los casi cuatro años que duraron sus correrías gozaron de gran popularidad y respeto entre los sojuzgados rebaños de ganado ovino, pero no así entre la paisanada de las zona, que acostumbrada a los guisos de capón y a los asados de cordero, terminó tomándolos para la chacota.
La policía, en su intento por poner fin a sus tropelías inició un sutil trabajo de desgaste psicológico sobre el talón de Aquiles de Lindor Inocencio: Las chanzas sobre su apellido. Para tal fin se hizo circular una serie de comentarios tendenciosos con el fin de esmerilar la relación de amistad entre Lindor y su oveja.
Así en los pueblos de la zona empezaron a repetirse comentarios de tono denigrante tales como: "Al picante de Lindor Inocencio lo maneja su oveja porque es todo un Pechofrío", "Pa' abrigar un Pechofrío basta con un poncho de alfalfa trenzada", o también "Al Pechofrío del Lindor lo maniobran desde la grupa del caballo".
Una fría mañana de julio, a poco de que la helada se levantara, el fino trabajo de la policía hizo eclosión en el ánimo de Lindor Inocencio. Sin desviar la mirada del vapor que salía de su mate, rompió su habitual mutismo y dijo:
– Hasta acá llegamos Evarista, la gente anda diciendo que usté me manda y eso no lo puedo permitir–, acto seguido y sin mediar más palabras como era su costumbre, ensilló el pangaré y se perdió lentamente en el horizonte.
A partir de aquí los datos recabados se vuelven unas veces confusos y otras contradictorios. Algunos afirman que Lindor Inocencio se estableció en un pueblo cercano a Chivilcoy y renegando de las ideas de su antigua socia abrió una carnicería, otros en cambio siguiendo una línea opuesta, sostienen que en realidad recaló en un pueblo indeterminado al sur de la provincia de Santa Fe donde abrió un puesto de verduras como homenaje a los ideales de su antigua compañera de correrías.
Una línea de investigación diferente lo sindica como el cabecilla de una banda dedicada al robo de ovejas que luego hacían cruzar a Chile para su comercialización.
De Evarista no se sabe mucho más. Se cree que en busca de apoyo se unió al grupo anarquista "Libertarios Porque Si", donde terminó perdiendo la vida en circunstancias bastante confusas al tomar parte en una acalorada discusión con un grupo de compañeros acerca del menú de la cena de Año Nuevo.
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