La desgracia de Macacha
Cuando se trataba de planear eventos sociales, Macacha Casares Irurrietagoyena no ponía limitaciones al buen gusto y a la innovación, elevando la altura de su propia vara en cada nueva reunión que concebía.
Macacha era considerada una celebridad en los círculos sociales más distinguidos. Su presencia era sinónimo de estilo y esplendor. Si bien la fortuna de su familia había menguado hasta la inexistencia, su natural savoir faire y sus gustos refinados la mantenían en la cresta de la ola.
Una copiosa libreta de amistades opulentas con presupuestos muy holgados para esta clase de expresiones sociales eran el ingrediente imprescindible para dar rienda suelta a su grandiosa imaginación, planificando encuentros para terceros que le permitían mantenerse en contacto con aquel mundo que deseaba con fervor infinito.
Y aquel cocktail que organizara para la muestra fotográfica sobre pueblos aborígenes del conurbano bonaerense, de su gran amiga Mercedes Anzorreguy Posse no era la excepción. Sofisticación absoluta. Eso era lo que flotaba en el aire de aquella muestra.
El buen gusto era como un éter que fluía con calidez voluptuosa entre los objetos y los asistentes. Todo era refinada distinción.
Allá estaban los infaltables Quique Balbiena Aráoz y Monona Terán Urribelarrea conversando animadamente. En aquel sector podían verse a Teté Guillomia Gascón, Toti Ansorena Furno, Cuqui Ocampo Paz y a Pichón Casares Cueto sumamente divertidos intercambiando anécdotas de sus vacaciones de verano en el exterior.
Cerca del sector de composiciones en blanco y negro, Emiliano Iraola Lynch y su esposa Susana Virasoro Vionnet bebían sin parar mientras convenían en que la mayoría de los modelos de las fotos probablemente fueran parte del personal de servicio de la casa de Mercedes.
Todo era placer. El Pommery Blue Sky fluía en forma permanente de las copas hasta el paladar de todos los invitados. El caviar Petrossian de esturión Beluga no paraba de reproducirse como exquisito maná en las bandejas de los mozos.
Para satisfacer los paladares de mayor afectación tampoco faltaban los bocaditos de lomo de vaca Wagyu acompañados con tostadas de diseño de Manami Sasaki, todo traído de Tokio.
Las voces y el sonido de Diana Krall, Natalie Cole, Miles Davis, Joss Stone, John Coltrane y Norah Jones fluían sin solución de continuidad desde las bandejas del DJ Nicola Conte hasta los oídos de la concurrencia. Todo era glamour y refinamiento.
—Felicitaciones Macacha, la organización es excelente como de costumbre!
—Gracias Cuqui amorosa!
—Macacha querida!, impecable! como las juntaditas de verano en José Ignacio!, cuándo venís?
—Gracias Quique hermoso, amor de mi vida!, avisame cuando van con Juana y los acompaño!
—Macacha, corazón!, Cuándo nos vas a organizar una fiesta para nuestras escapadas a Saint Tropez!
—Cuando quieras Teté!, esta temporada no pude porque los Pereda Girardo me invitaron a Canarias, pero la próxima contá conmigo!
Así fluía la vida de Macacha, sin saber que se encaminaba vertiginosamente hacia el sórdido precipicio de la vergüenza y el oprobio, encarnados en un deplorable episodio que cambiaría el rumbo de su existencia de manera inesperada y definitiva.
Es bien sabido que el diablo siempre está atento para meter su cola en donde uno le deje un resquicio, y Macacha se lo dejó.
Nunca se llegó a saber si fue la mezcla del caviar de Beluga con el lomo Wagyu, o quizás la mezcla de Pommery Blue Sky con un Chateau Lafite Rothschild 2002 que apareció a último momento, lo cierto es que Macacha se vio afectada de forma súbita por su viejo cuadro de meteorismo que creía superado, desgraciándose de modo estrepitoso (y fétido según pudieron afirmar los que estaban más cerca de ella) al momento de subir a la tarima para saludar a la concurrencia expectante que esperaba sus palabras habituales.
—Se cagó…— se le escuchó decir por lo bajo pero muy claramente a uno de los mozos desde el fondo.
De nada le valió a Macacha su rápida reacción ensayando un desmayo repentino. Un murmullo incipiente se empezaba a levantar, imparable como la ola de un tsunami, convirtiéndose finalmente en una carcajada generalizada.
—Macacha se desgració!— exclamó Quique Balbiena Aráoz, bastante copeteado.
—No se desgració Quique!, se rajó tremendo pedo!— se le escuchó contestar a Toti Ansorena Furno, no menos copeteado que su interlocutor.
—Gente!, veamos el lado lleno del vaso!, los mosquitos del Dengue no se nos van a acercar, doy fe de que fue un cuesco pestilente!— clamaba a voz en cuello Cuqui Ocampo Paz, sin poder contener la risa y con la lengua pesada fruto de una mona que no veía.
Rápida de reflejos, Mercedes Anzorreguy Posse la anfitriona, ordenó a dos mozos que cargaran a Macacha y la llevaran a la cocina. Según el testimonio de uno de ellos, ni bien la entraron a la cocina se puso de pie sin ayuda y salió "a los pedos" por la puerta de servicio.
Nunca se volvió a saber de Macacha, en realidad sus conocidos la llamaron un par de veces de forma infructuosa y quizás por prudencia o quizás por impresión nunca volvieron a insistir. Ella por su parte y en nombre de su honor mansillado jamás volvió a tomar contacto con ninguno de ellos.
Hay quien dice haberla visto en el barrio de La Boca conduciendo su auto con unos enormes ploteos de promoción en sus laterales, de un conocido producto adelgazante de dudosa efectividad, pero nadie ha podido confirmarlo.
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