Las hojas secas son de Otoño
Ladislao se despertó esa mañana recordando a sus padres como muchas otras veces. La sensación de melancólica lejanía que le habían infundido en vida se potenciaba ahora con la certeza de tener que convivir para siempre con preguntas que nunca tendrían respuesta. Siempre y nunca, —tan excesivas que resultan agobiantes—, pensó. Mientras calentaba el agua para el café sopesó la tristeza que lo acompañaría el resto del día.
El sonido de su nombre le recordaba un entusiasmo que hacía tiempo había comenzado a abandonarlo. Existen mecanismos en la vida de un individuo que trascienden su propia comprensión, son parte de su existencia pero le resultan incontrolables. Ladislao, sumido en una profunda perplejidad, sentía cómo el interés por las cosas que una vez le habían dado felicidad —al menos eso creía—, iban abandonándolo poco a poco con la misma irremediable naturalidad con que a las nubes se les da por cubrir el cielo para luego desnudarlo.
En ese permanente caminar sin rumbo, había conseguido quedar lejos de todo y hasta de sí mismo, al punto tal de no reconocerse al recordar pasajes de su vida.
—"La energía que nos impulsa nace de nuestras propias ilusiones"— reflexionaba.
—"La realidad suele teñirse del color que elijamos darle"— concluía repitiendo como una letanía y sin demasiado convencimiento.
La vida de un hombre en la desesperada búsqueda de afecto. Así solía definir su existencia mientras apuraba la taza de café como todas las mañanas. Probablemente se habría cruzado más de una vez con el amor, pero en su ansiedad por encontrarlo, nunca había logrado reconocerlo, así era él.
Al recordar el tiempo vivido su mirada se ensombrecerse. Mira hacia atrás y ve con espanto a una persona que camina hacia ningún lugar, sumergida en la indecorosa soledad de quien intenta disimularla.
Le gustaba fantasear con la existencia de un mundo paralelo y simultáneo donde una versión luminosa de sí mismo disfrutaba de una vida plena, acompañado de una mujer afectuosa y donde existían seres fraternos que le dispensaban su amistad genuina y desinteresada.
Miró su reloj, ya era hora de marchar al trabajo. Parado sobre el cordón de la vereda pensó: —Hoy ya no voy a alcanzar, pero mañana buscaré el modo de ser feliz.
Una hoja seca de álamo cruzó la calle empujada por la brisa otoñal y Ladislao no dudó: Apoyó un pie sobre ella y se impulsó hacia las nubes tempranas para unirse a una bandada de jilgueros que pasaba en ese preciso momento.
—Amor, te dormiste?—, Ladislao recostado en el sillón abrió los ojos y vio a Lía, su mujer, arrodillada junto a él, luminosa como de costumbre. Su sola presencia lo hizo sentir afortunado.
—No, solo jugaba con mi imaginación, ya sabés…
—Dejá la imaginación y vamos a dormir, dale— le propuso ayudándolo a incorporarse.
Ladislao adoraba con devoción la dulzura que desprendía la mirada de Lía, de pronto el recuerdo de sus juegos mentales lo empujó a preguntarle: —Vos crees que pueda existir un mundo paralelo donde las personas tengamos una existencia opuesta a la que nos tocó en suerte?
—No lo sé— le respondió Lía mientras le rodeaba el cuello con sus brazos, —pero de ser así no quisiera conocerlo, yo solo deseo estar con vos, aquí y ahora.
—Yo también amor, yo también—, le respondió Ladislao mientras se dejaba perder sin remedio en esa dulce mirada. —"La energía que nos impulsa nace de nuestras propias ilusiones", en tanto que "la realidad suele teñirse del color que elijamos darle"—, agregó.
Sonriendo, Lía ensayó un ademán de asombro. —Qué profundos estamos hoy!
Ya en el dormitorio Ladislao se desabrochó la camisa y al quitarse los zapatos se sorprendió de la hoja seca de álamo adherida en una de las suelas. —Las hojas secas son del otoño— pensó mientras terminaba de desvestirse y se acostaba abrazando a su mujer.
Comentarios
Publicar un comentario