La huella completa
y cómo la recuerda para contarla".
(Gabriel García Márquez)
Belisario Fuensalida le da otro sorbo a la bombilla del mate mientras deja que los recuerdos sigan desfilando por su memoria.
Soldado de la independencia. Ha servido con devoción bajos las órdenes de los próceres fundacionales de la patria, pero sus noventa y cuatro años no le pesan tanto como la nostalgia de aquellos años y la ausencia de sus venerados generales.
Natural de Casabindo, Jujuy, de padre criollo y madre aimará, no pasa día en que no recuerde su pago natal.
El viejo soldado está conforme y en paz con la vida. Aunque cada vez que lo piensa no deja de asombrarse por el modo en que su existencia fue tomando forma a través de hechos impensados e irrevocables que el destino le fue poniendo a su paso.
—Tata, se acuerda cómo fue que entró al ejército?— le pregunta su hijo Severino, quien va a visitarlo regularmente al viejo rancho de la infancia en el pueblito de San Antonio, La Rioja, donde sigue viviendo al cuidado de Rufina, su otra hija.
Severino y Rufina conocen las historias de su padre casi de memoria, pero también conocen la alegría que a su Tata le provoca repasarlas una y otra vez, por eso, en cada reunión durante la ronda de amargos, le hacen alguna pregunta casi obligada, una sola nomás, para que los recuerdos empiecen a rodar como piedras en la cuesta.
—Fue allá en Casabindo— comienza, —era 15 de agosto del año 12, durante la fiesta anual del Toreo de la Vincha. Yo tendría quince años y andaba estrenando poncho me acuerdo. Me paré en frente e' la iglesia como pa' pispear mejor, pero no alcancé a ver a aquel toro chúcaro que se venía a la carrera…
Belisario hace una pausa como para repasar el recuerdo de aquel toro. Toma energía y sigue:
—El toro pasó y me enganchó el poncho recién tejido por mi mama, la abuela de ustedes. Me rivoleó sobre el lomo y me pasió por toda la plaza Quipildor me acuerdo.
Belisario achina los ojos y se le escapa una sonrisa que deja descubiertos los pocos dientes que le van quedando.
—Y la gente cómo mi aplaudía!— rememora sonriente.
—Y ái estaba el general Belgrano montao en su flete, de pasada mirando tuito. Iba pa' Jujuy levantando gente pa' yevársela con él porque atracito nomás se venían los godos…
—Y justo no va y me ve?— comenta con una pequeña carcajada que contagia a sus hijos.
—El general se pensó que yo era bravo pa' la monta y ái nomás me pidió pa' sicretario personal. Y así jué como entré al ejército del Norte— redondeó Belisario, —sin buscarlo y por culpa de un toro chúcaro.
—Pero Tata, y nunca le contó la verdad al general Belgrano de lo que en verdad había pasado?— le pregunta Rufina, aunque ya conoce la respuesta.
—No m'ijita, antes de desilusionar al general hubiera hecho cualquier cosa mire…— le contesta con pausada pero firme convicción mientras le devuelve el mate de calabaza para que siga cebando.
—Un año y medio marchando junto a Don Manuel, dispués me pasé a las filas del general San Martín. Hombre noble si lo hubo. Estaba hecho de una sola pieza— rememora.
—Yo no pensaba enrolarme pa' cruzar los Andes, era el sicretario del general Belgrano, que venía medio cansao y enfermo. El tenía planeao dejarle la tropa a San Martín e irse pa' Buenos Aires…, y yo con él…
—Y qué fue lo que pasó Tata?— lo anima Rufino.
—Bueno, resulta que yo venía marchando medio seco e' vientre y el dotor de campaña me dio un purgante, pero parece que se le jue la mano— recuerda riéndose.
—La cuestión es que me dimoré en el escusao ahí en Yatasto y el general se jue sin mí. Se conoce que algún pícaro le dijo yo que me quería quedar pa' seguir peliando, no sé— aclara entre risas.
—Tómese otro mate Tata— le ofrece Rufina. El viejo hace una pausa y acepta gustoso la calabaza suave y tibia que le extiende su hija.
—Un hombre de honor Don Manuel, antes de irse me dejó encomendao al general San Martín, fijesé m'ijo como sería que pensaba en todos aquel buen hombre le señala a Rufino…
Belisario le da un sorbo profundo al mate y hace una pausa como para juntar recuerdos. Los ojos se le vuelven a achinar y se le pierde la mirada a lo lejos como buscando vaya a saber qué cosa.
Y ái partí con la tropa del general San Martín pa' Mendoza. Ese hombre sí que sabía e' guerra, era todo un militar— recuerda.
—Un hombre justo pero firme, si la tropa le respondía era un hombre justo, pero sino… la pucha que era bravo…
—En Mendoza conocí una flor hermosa— le confiesa a sus hijos, casi ruborizándose como un adolescente.
—A su mama, Dios la tenga en la gloria, nunca se lo conté porque era mujer muy celosa y aunque esto pasó muchos años antes de conocerla, nunca la quise hacer sufrir…
—Se llamaba Mercedes, Mercedes Álvarez Morón— aclara, —dama de compañía de la esposa del general, fijesé.
—Con perdón de la memoria de su mama, a que siempre he de querer m'ijitos, Mercedes fue la mujer más hermosa que alguna vez conocí— confiesa bajando la vista.
—Ella se fijó en mi también, porque así como me ven yo supe ser muy buen mozo en mi juventud, casi tanto como usté m'ijo, fijesé— compara con un dejo de sorna.
—Yo la cortejaba como podía y cuando podía, hasta que un día me le ofrecí pa' ayudarle a terminar la parte que le tocaba hacer de la bandera e' los Andes que el general les había encargao a varias señoras mendocinas.
—Como era un trabajo peludo la Mercedes me aceptó la ayuda. Yo conocía las mañas del tejido porque mi mama, la abuela de ustedes, era india aimará y de chico me había enseñao todo sobre esas cuestiones.
Belisario le devuelve la calabaza a su hija, se sirve una galleta de anís de las que siempre le lleva su hijo para acompañar los amargos y mientras mastica piensa con los ojos achinados…
—Que lo tiró el destino— dice de pronto, —ái también volvió a elegir por mí— repasa.
—La noche que tenía que apersonarme pa' ayudarla a la Mercedes, no va y se me achuma con caña mi compañero e' guardia?!— comenta con repentina energía.
—El general no perdonaba esas cosas, si se enteraba me lo istaqueaba dos días seguidos al Cipriano, así que lo rimplacé en la guardia y lo hice pasar por apestao. Para eso le tuve que fallar a la Mercedes…— recuerda, mientras que la mirada se le vela con una nube de tristeza.
—Y consiguió arreglar el entuerto Tata?— Le pregunta Rufina, como ayudándolo a proseguir con el relato.
—Lo que no tiene arreglo, arriglao está m'ija. La Mercedes nunca me perdonó el displante ni me aceptó disculpa alguna…, hasta pasé a ser mala palabra entre sus amistades fijesé.
Mientras se lleva otro bocado de galleta a la boca sigue pensando y parece que la nube de tristeza comienza a abandonarle la mirada.
—Y el general no va y se entera de mi infortunio amoroso, entonces como premio consuelo a mi sacrificio me manda de abanderao de un pelotón de avanzada en la columna del brigadier Soler, otro gran hombre ese también...
Belisario se detiene en el relato para mirar a su hija con expresión de complicidad:
—M'ijita, me han entrao ganas de acompañar el mate con una cañita, no se serviría una ronda?— le pregunta a Rufina con una sonrisa pícara.
Severino ya sabe y se levanta a buscar la botella y las copitas de cristal labrado que el anciano guarda celosamente en un armario para esas felices ocasiones.
—Sirvasé Tata— Rufina le extiende una copita. Belisario y sus hijos chocan copas y beben. El viejo soldado se siente más satisfecho aún. La caña lo entona y le produce deseos de seguir recordando y reflexionando.
—Cómo es la vida no?— dice Belisario —por un lado nos da y por el otro nos quita, pero todo tiene un motivo. Al final es bueno estar agradecido, y si no, es que uno no ha entendío nada.
Severino asiente con la cabeza y mira largamente el modo en que su padre saborea aquella copita de caña. Tan pequeño, tan frágil, parece mentira que haya vivido todo lo que refiere. Si hasta parece que siempre hubiera sido así, un anciano apacible y pensativo.
Belisario deja la copita vacía sobre la mesa y acepta otro mate de Rufina. Otro recuerdo le viene a la memoria:
—El destino me fue cambiando de huella a su antojo, muchas no las comprendí, otras en cambio se las agradecí largamente, como lo de aquella noche en Cancha Rayada— Belisario se pone serio, —la Virgen del Carmen me protegió aquella noche…
—Esa noche los godos nos madrugaron fiero. La Virgen me sacó del catre dormido como estaba y me alejó a mí y a mi mula. Recién ahí cuando estuve seguro la virgen me dispertó y así pude arrimarme a peliar junto con los que se habían organisao. De no ser así los godos me hubieran pasao a cuchillo esa noche…— Belisario se queda pensativo, con la mirada fija en el mate que le entibia las manos.
—Hasta al Perú lo seguí al general. Ocho años marchando y juntando heridas que supieron sanar por la gracia e' Dios, y el destino ái siempre listo, endulzándome con huellas que no eran pa' mí, y poniéndome en otras cuando menos me lo isperaba. Hasta que en el año 22 el general decidió bajarse de su caballo… y yo con él… Le solicité la baja y él me la dio, porque era un hombre justo y yo le había cumplido…
— Dispués conocí a muchos hombres, pero ninguno como mis dos generales— reflexiona.
—Aquí en La Rioja hice pie gracias a la generosidá del general Quiroga. El hombre más desprendío que conocí. A él le debo este solar donde levanté el rancho y armé familia con la mama de ustedes.
—Cómo fue que el general Quiroga le cedió el solar Tata?— Le apuntó Severino.
—Otra vez el destino m'ijo. Venía cabalgando de Catamarca rumbo a San Juan buscando conchabo en alguna estancia. Cuando cruzando un montecito me encontré a un hombre subido a un algarrobo que luchaba como podía contra un yaguareté. A un costao, su cabalgadura boquiaba con el cogote abierto e' lao a lao. Yo entonces atiné a tirarle un bolazo al lión, con tanta suerte que le di en la cabeza y lo dejé atontao al bicho— rememora con orgullo.
—Nunca me via' olvidar lo que hizo ese hombre: Se tiró desde la rama del algarrobo encima del lión como si juera una gato vieran, lo agarró del pescuezo y mientras lo miraba fijamente con unos ojos que jamás me via' olvidar le fue hundiendo el facón de a poquito nomás, como pa' que sufriera. La pucha!, si era más salvaje que'l mesmo bicho…
Rufina acaba de ensillar el mate y Belisario le recibe uno. Cuando se trata de amargos y galletas de anís, el anciano no parece tener fondo.
—Yo no sabía quién era y lo llevé en la grupa hasta aquí, a San Antonio, porque de aquí era asigún me dijo. Cuando llegamos supe que era el mesmo general Quiroga a quien había asistido. Me consiguió conchabo y me tendió este pedacito de tierra para cultivar y plantar cabeza.
Sus dos hijos lo miraban en silencio y con infinita ternura. Rufino le acerca la fuente de galletas para que se sirviera, al ver que su padre la miraba con insistencia desde hacía rato.
—Hombre generoso si lo hubo. Pero también muy feroz. No sabía lo que era el miedo. Murió como vivió. Si lo pienso viejo no lo imagino…
Desde la ventana del rancho se ve como el sol va bajando. Rufina se apura a encender la lámpara de aceite que está sobre la mesa.
—Al final, el destino ha sido güeno conmigo— dice Belisario de pronto.
—De no haber sido por él, no habría conocido a la mama de ustedes, ni hubiera tenido este rancho, ni a mis dos hijos— reflexiona.
—Todo tiene un motivo. Cada momento vivido ha tenido su razón, pero eso lo sé ahura que ya subí la loma y he visto mi huella completa.
La pava se vació y ya no quedan galletas de anís en la fuente, pero Belisario está satisfecho. Se ha venido la noche y en un rato más, piensa, va a ser hora de ir a descansar.
Comentarios
Publicar un comentario