Dos veces no me agarra
"Cualquier destino, por largo y complicado que sea,
consta en realidad de un solo momento:
el momento en que el hombre sabe para siempre quién es"
(Jorge Luis Borges)
Existen individuos ordinarios, que aun habiendo sabido construir una vida común y silvestre llevan el sello inconfundible de quienes han sido forjados al calor del heroísmo y la entrega. Seres que frente a la encrucijada reveladora que la vida nos presenta a todos tarde o temprano, optan sin dudarlo por la senda difícil, la de la gota gorda, la del esfuerzo en pos del bien común, la de la empatía con sus congéneres, manifestándose a sí mismos en su verdadera y noble naturaleza. Tal es el caso de Cayetano Buencamino, quien jamás alcanzaría a imaginar cómo aquel acto de arrojo protagonizado en esa calurosa mañana de verano de su niñez marcaría para siempre la impronta de su destino.
Con diez años recién cumplidos, Cayetano ya había comenzado a percibir profusamente en sus venas el particular latido de quienes se sienten impelidos genéticamente a confrontar y resolver determinadas situaciones en donde el resto de los mortales tras una rápida evaluación de pros y contras optan por hacer un paso al costado.
Si su conciencia de niño le hubiera permitido reconocer tal aptitud, él mismo habría podido enumerar varios episodios tempranos que ya comenzaban a perfilar su particular destino, como su propensión a levantar la mano en clase para pasar al frente evitando que el ojo justiciero de la maestra cayera sobre algún desprevenido falto de estudio, o como cuando desplegaba su razonamiento elocuente para desarticular alguna pelea a la salida del colegio en favor de la salud física del menos dotado de los contendientes (por falta de condiciones o por miedo a los sopapos, vaya uno a saber, nunca intentó medirse en esa clase de duelos).
Pero los hechos que nos ocupan, ocurridos en aquella lejana mañana de verano, significarían para Cayetano Buencamino la piedra angular que daría curso a los siguientes años de su vida.
Era cerca del mediodía. La tormenta de la noche anterior había dejado el potrero del barrio convertido en una laguna digna de la cordillera lacustre. Un sol tardío se empeñaba en evaporarla dejando como efecto secundario una enorme franja de barro pastoso a su alrededor.
Cayetano al igual que el resto de sus vecinos merodeaba la orilla tirando piedritas, con la expresa directiva de no embarrarse las zapatillas nuevas.
—Yo puedo cruzar la laguna con mi triciclo— se le escuchó decir de pronto a Toto, vecino de Cayetano y que al momento contaba con cuatro años y un prontuario de fechorías capaz de hacer empalidecer a Daniel "el Travieso".
Henchido de valor por la arenga de la concurrencia, y haciendo caso omiso a las advertencias de su hermana Rita de dar conocimiento inmediato a su madre, Toto acomodó su triciclo y tomando distancia para ganar envión puso máxima velocidad hacia el centro de la laguna, con una decisión tan asombrosa como no había vuelto a verse desde que Moisés encarara el Mar Rojo para cruzarlo seguido de todo el éxodo de paisanos por detrás.
Cayetano entendió en ese preciso momento que algo estaba por salir mal y sus sentidos se agudizaron.
La carrera fue corta. La pérdida de velocidad al cruzar el barro pastoso fue decisiva asestándole una herida de muerte a la trayectoria de aquel triciclo. Al entrar en el agua la suerte ya estaba echada. La expresión de osadía inicial de Toto se fue transformando primero en sorpresa y luego en espanto al notar que cada nueva pedaleada le requería más energía que la anterior.
El triciclo aún no había detenido la marcha y Cayetano ya tenía sus zapatillas en la mano listo para actuar, sabía claramente qué hacer.
El pequeño émulo de Moisés quedó encajado exactamente en el centro de la laguna y con el agua al borde de los pedales. Presintiendo los chirlos calienta culos que se avecinaban, Toto rompió en un llanto desconsolado. La gritería era descomunal y los concurrentes se ahogaban en una risotada colectiva que iba desapareciendo conforme se alejaban a la carrera rumbo a sus respectivas casas para almorzar.
Para Cayetano ya no había llantos ni risotadas, estaba enfocado en la laguna y su objetivo era uno: Recobrar el rodado y a su ocupante cuanto antes, en lo posible sin barro. Como un experto rescatista inició su avanzada hacia el triciclo luego de arremangarse los pantalones.
La operación de rescate resultó sumamente trabajosa, Cayetano debió empujar solo porque Toto estaba ocupado llorando y no ayudó. Ya cerca de la orilla, mientras atravesaban la franja de barro pastoso, el triciclo se soltó de golpe y Cayetano se cayó quedando completamente embarrado, a excepción de sus zapatillas nuevas que lo seguían esperando en la orilla. Ante tal situación y libre del atascamiento Toto optó por desaparecer emprendiendo una veloz pedaleada hasta su casa.
A excepción de las zapatillas, Cayetano quedó hecho un desastre. Sus esfuerzos por aclararle lo acontecido a su madre fueron del todo infructuosos recibiendo la correspondiente penitencia. Toto nunca le mencionó a nadie el episodio del rescate, siendo un misterio cómo fue que pudo salir de la laguna sin mojarse ni embarrarse. Cayetano, a lo mejor por modestia, tampoco divulgó el incidente.
El episodio, agigantado por los chancletazos que su madre le propinó en el traste con el pretexto de quitarle el barro, marcó a fuego al pequeño Cayetano. El recuerdo del triciclo de Toto perdiéndose a toda velocidad detrás de una polvareda de tierra vuelve a su mente cada vez que siente olor a barro.
Aceptar que la falta de reconocimiento suele ser la paja donde los héroes anónimos se echan a descansar puede resultar un trago amargo, difícil de digerir. Cayetano Buencamino encontró su encrucijada reveladora quizás a edad demasiado temprana e intentó abrazar el camino del esfuerzo y la empatía pero el sacrificio fue mucho y lo desalentó, entonces amparado en ese mismo anonimato que lo desencantara, volvió sobre sus pasos y eligió un camino no opuesto, pero si diferente.
—Auxilio mecánico "Buencamino", buenos días… ah, que hacés, cómo andás… che pero qué joda… no no, ahora imposible, estamos hasta las manos, con el tema de la cuarentena todo el mundo se quedó sin batería… la demora es como de 6 horas, si… bueno dale dale… cualquier cosa avisame si…. suerte, abrazo…
—Quién era Cayetano?
—Toto, mi cuñado. Es un plomo. El auto se le quedó de vuelta sin batería.
— Pero che, por qué nunca lo querés auxiliar?, siempre te lo sacás de encima con algún verso…
—Es largo de explicar Juan, no lo entenderías. Oíme, si no hay más servicios enderezá para al taller que hoy quiero llegar temprano a casa, Rita me está esperando…
— … Ja!, este dos veces no me agarra ni en pedo — piensa satisfecho mientras entra a su casa.
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