Destello
Por Marcelo Noáin
"El amor, después
del amor tal vez
se parezca a este rayo
de sol".
(Fito Páez)
Alejandro Dolina dijo alguna vez que para él solo existe el amor, que el resto de las cosas nobles de esta vida solo están para dignificarlo. Muchos nunca llegan a encontrarlo, y para otros en cambio puede llegar a ser solo un destello que ilumina un pequeño momento de sus vidas. Pero ese destello es lo que le da sentido al resto de su existencia…
La primera vez que la vio su corazón casi se le sale del pecho. Era como un punto de luz intensa entre todos los demás donde fuera que estuviere.
Su cabello era rubio, muy rubio, y caía en cascadas de bucles sobre sus hombros redondos y perfectos. No podía distinguir el color de sus ojos porque no se animaba a mirarla de frente, pero no importaba, su sonrisa en cierta forma opacaba toda luz que hasta ese momento hubiera conocido.
Su boca era pequeña, de labios carnosos que hacían juego con sus pómulos, que se sonrojaban cada vez que sonreía.
El no podía dejar de mirarla, y aunque su timidez era enorme no fue obstáculo para cometer la osadía de hacer correr la voz de que eran novios.
Esa picardía lo volvió momentáneamente popular entre quienes lo conocían aunque no lo acercó a ella, al contrario, ella se mostró enojada por la falsedad del comentario.
Sin embargo, y a pesar de su enojo aceptó asistir a su fiesta de cumpleaños.
Estaba hermosa. Se había peinado especialmente para la ocasión y llevaba puesto un vestido muy sencillo con breteles que dejaban sus brazos desnudos, tenía pequeñas flores estampadas y se cerraba en la espalda con una serie de pequeños botones.
Era lo más parecido a un ángel que él había visto alguna vez en su vida.
Fue un amor extraño, puro, tan puro que hasta careció de besos, solo alguna que otra sonrisa y la fantasía de él por supuesto, de que eran novios.
Nunca se animó a decirle nada, no hubiera sabido qué ni cómo. No importaba, estaba allí, la tenía. El único recuerdo de fugaz intimidad que guardó de ese momento fue el roce de su mano contra la piel tibia de su espalda cuando se le desprendieron un par de botones de su vestido y él se ofreció a abrocharlos.
No supo articular palabra para expresar lo que sentía, era todo tan nuevo, tan impensado, tan intenso.
Mientras le arreglaba los botones de su vestido solo atinó a decirle:
—"Policías y Ladrones" es un juego muy bruto, si querés podemos jugar a las escondidas—.
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