Deidades de barrio
Por Marcelo Noáin
"Uno de mi calle
me ha dicho
que tiene un amigo que
dice
conocer un tipo
que un día fue feliz".
(Joan Manuel Serrat)
Los pasos tempranos que damos en esa etapa de la vida donde las vivencias empiezan a acopiarse en forma de recuerdos, son los pasos más profundos, los que más marcan, los que no se borran, los que siempre se recuerdan, a veces con placer y a veces con dolor, son los que determinan en buena medida que clase de persona seremos el resto de nuestra vida.
Las interpretaciones de mi abuela materna en complicidad con una vecina acerca de la visión de ciertos individuos que componían la fauna barrial de la que éramos parte, me han provisto de recuerdos muy graciosos del lugar donde transcurrió el final de mi niñez y toda mi adolescencia.
Vivíamos en el dúplex de un barrio de viviendas adosadas muy apacible pero de contacto fluido entre vecinos. Nuestro vecindario se componía de tres tiras de esos dúplex dispuestos en torno a una calle asfaltada y sin salida con frondosa arboleda plantada por todos los vecinos y que servía como ingreso doméstico (y principal) a las viviendas. Cada tira se componía de entre ocho y doce dúplex. En casa éramos mis viejos, mi abuela materna y yo.
Ni bien nos mudamos, mi abuela trabó amistad con O, nuestra vecina de al lado, mujer de sangre italiana, carácter fuerte y voz en cuello, madre de P, quien fue mi vecino de juegos y esposa de un suboficial retirado del ejército muy simpático, buen asador y mejor tomador de vino.
Ambas constituyeron una especie de Dúo Dinámico, encargándose de construir con esmero, humor y mucha imaginación una suerte de panteón de deidades barriales compuesto por el resto de los vecinos, quienes paulatinamente fueron siendo rebautizados (ninguno lo supo nunca) con apodos y sobrenombres que mi abuela y O les fueron otorgando naturalmente y sin mediar jamás diferencia de criterio alguno. Hay que decir que para esto ambas contaban con una capacidad de observación inusual y se entendían de maravillas.
Así fue que poco a poco surgieron personajes inolvidables que supieron amenizar las sobremesas de almuerzos y cenas familiares con las más variadas anécdotas de vivencias domésticas.
En orden de cercanía estaba "El Piche", un señor de baja estatura, título de ingeniero y bigotes ralos que supongo motivaron su apodo. Vivía con su esposa e hijos y siempre iba y venía muy callado sin meterse con nadie.
Su hijo mayor era "El Piche Grande", mientras que el menor era "El Piche Chico". Tenía una hija también, pero parece que para la imaginación de mi abuela y de O era bastante insulsa por lo que no recibió apodo alguno.
Más allá vivía "La Nerviosa", una señora madre de dos niños eléctricos que eran peor que la piel de Judas, y que ella llamaba a almorzar desde la puerta del patio con una parsimonia que hubiera puesto nervioso al mismísimo Droopy.
Al lado de "La Nerviosa" vivía otra señora bastante insípida y sin señas particulares que la hicieran acreedora a un apodo. Sin embargo esta señora recibía la visita habitual de su mamá, una mujer mayor, siempre en exceso maquillada y con aires de andar en celo, motivos por los cuales recibió inmediatamente el apodo de "La Quilombera". Hay que reconocer que mi abuela y O eran implacables. Dinamita pura diría.
Hacia el otro lado de nuestra casa vivía S con su marido taxista
y su hijo que sabía jugar al básquet. O estaba podrida de prestarle innumerables tacitas de los más variados productos de
almacén que S nunca le devolvía, por lo que se le asignó el mote de "La Pedigüeña".
Al lado de "La Pedigüeña", o casa por medio, no recuerdo bien, vivía otra señora que recibió el apodo de "La Loro". "La Loro" llevaba su cabello eternamente batido, de un color indefinido que viraba del amarillo pajizo al verde alfalfa, según la estación del año y las variaciones de la tintura que ella misma optara.
Su hija era la "Ratón sin Cola". La autoría de este sobre nombre no pertenecía al Dúo Dinámico sino a un vecinito de mi misma edad que se había percatado de que la línea entre su cintura y el nacimiento de sus muslos transcurría en una recta prolija y aburrida, exenta de las vertiginosas curvas que naturalmente suelen tener las mujeres en ese lugar.
Es importante destacar que su mamá, "La Loro", había sido agraciada con dicho apodo por la prominente nariz en forma de gancho que ostentaba, la cual se empeñaba en llegar a todas partes un momento antes que su dueña.
Al final de la tira de viviendas adosadas donde vivíamos habitaba "El Mirón", un hombre alto, delgado y de bigotes generosos, cuyo pasatiempo consistía en "relojear" los atributos físicos de casi todas las vecinas del barrio.
Justo enfrente de nuestra casa vivía "La Limpita", mujer delgada y en estado de alerta y movilización permanentes a quien parecía resultarle imposible (vaya uno a saber por qué) dejar de repasar una y otra vez los pisos, muebles y mesadas de su vivienda.
Tenía tres hijos adultos: "La Mimicha" (en referencia a la que fuera esposa del piloto de fórmula 1 Carlos Reutemann), mujer de aires sofisticados que andaba siempre en vehículos de diversas marcas, "El Gordo", hermano con sobrepeso y eterno estudiante de Derecho, que se había ganado la desaprobación del Dúo Dinámico debido a su falta de educación y desaliño general. El tercer hijo de "La Limpita" era "El Lentudo", un muchacho alto y delgado que ostentaba unos anteojos con vidrios gruesos como culos de botella y que no hacía ruido ni molestaba a nadie.
En cercanías de "La Limpita" vivía "La Kikirikí", una señora mayor siempre muy atenta a los movimientos del barrio y que solía asomar su cabecita por unos ventanucos en forma de almena que tenían las tapias de todos los patios, pudiendo controlar desde el suyo y en todo momento el acontecer barrial.
Al lado de "La Kiki" como la referían familiarmente, vivía una familia de entrerrianos con cuatro hijos de diversa edad con los que yo jugaba a veces. Esta familia era más sufrida que los Ingalls recién llegados a América, porque siempre estaban atravesando algún percance. Supongo que por esa razón quedaron afuera del reparto de apodos.
Al lado de los entrerrianos vivía un camionero junto a su esposa. El camionero viajaba frecuentemente a Brasil a buscar bananas en su viejo camión Scania. Sus ojos, su nariz y su papada lo hicieron acreedor al mote de "El Gallo". "El Gallo" era de esos laburantes que para su desgracia o regocijo casi nunca estaba en su casa, quien sabe.
Es dable aclarar que en todos los casos estos personajes tenían sus respectiva familia bien constituida, con cónyuge, hijos y hasta mascota en ciertos casos.
En referencia a las mascotas, recuerdo que el papá de los entrerrianos (que también era camionero entre otras cosas) se trajo una vez de un viaje a Entre Ríos un mono Tití de regalo para los hijos. Resulta que el mono era una mierda como mascota porque era un animal salvaje y se pasaba gran parte del día masturbándose, por lo que la hermanita menor de los entrerrianos exclamaba: —Ahí está Federico (así le habían puesto) otra vez enamorándose!—. Todo un bochorno el mono pajero.
"La Limpita" tenía un perro salchicha llamado Simón que solía cruzarse a jugar con P y conmigo. En realidad el perro era un relajo porque solo quería que le sobaran el lomo todo el tiempo, pero a nosotros nos gustaba hacerlo.
"El Piche" tenía un Pastor Alemán del que no recuerdo su nombre. Era grandote y siempre ladraba mucho, pero "El Piche" era un señor muy responsable y para evitar incomodidades no permitía que anduviera suelto.
Pero una noche de invierno ocurrió que mi papá habiendo vuelto del trabajo bajó de su auto estacionado y al pasar al lado de la tapia del "Piche" el Pastor Alemán le asomó toda su cabezota por el ventanuco de la pared con su ladrido a máximo volumen.
Repasando el hecho con cierto ánimo revisionista, podría afirmar aunque sin pruebas que a mi papá se le caldeó todo el calzoncillo "Crisolito" que llevaba puesto (nos compraban calzoncillos "Crisolito"). Esta teoría la sostengo con firmeza ya que al verse visto en tamaña actitud "gallinezca" no tuvo mejor manera de compensarla que ir a golpearle la puerta al "Piche" y decirle que si no ataba a su perro la próxima vez se lo iba a matar. Caramba…
"El Piche" era un señor pacífico y sin mala intención así que no le retrucó nada. Mi papá nunca lo reconoció (no era de andar reconociendo cosas) pero para sus adentros espero que haya entendido que su actitud fue desmesurada.
Después también había una serie de cuscos amistosos que eran de todos y no eran de nadie, como la "Chiquita", el "Negrito" y el "Colita" entre otros.
En un extremo bastante alejado del área de influencia social de mi casa paterna vivía una familia de verduleros que profesaban activamente el Protestantismo (no conozco ningún protestante que no sea militante activo de la causa). La actividad religiosa de la familia los hacía enfilar invariablemente todos los domingos a la mañana en dirección al templo, ataviados con sus mejores galas y sus respectivas biblias debajo del brazo. Bueno, por eso recibieron el apodo de "Los Canutos".
Quizás debido a los horarios que las actividades comerciales le imponían a sus padres, "Los Canutos Chicos" tenían costumbres muy particulares. Recuerdo que el mayor dos por tres aparecía por casa nunca antes de las nueve de la noche a pedirme prestado el transportador (?). A mí me fastidiaba soberanamente pero igual se lo prestaba. Después de todo esa situación de por sí algo insólita terminaba dándonos motivos para ensayar alguna que otra broma.
El barrio era mucho más grande y no se circunscribía solo a esas tres tiras, pero para mí ese era lo que consideraba mi mundo conocido.
Los dúplex tenían dos accesos, uno principal y otro secundario a través del patio, que para nuestro caso era el más importante y de uso habitual, dada la cercanía con la calle asfaltada donde dejábamos el auto.
El acceso principal casi no lo usábamos y daba a otra tira de dúplex. Ese espacio para mi representaba una especie de Inframundo, un lugar que no me infundía ninguna curiosidad como para explorar. Sin embargo había dos motivos en esa tira que hacían que mi atención no se viera totalmente extinguida.
El primer motivo se encontraba en el extremo de la tira 5 (porque así se la denominaba, nosotros vivíamos en la 4), allí vivía mi amigo JL.
Era un año mayor que yo pero tenía inquietudes científicas similares a las mías, que nos desviaban de los tradicionales juegos de pelota de nuestra edad, empujándonos a pasar horas inventando experimentos más cercanos a la alquimia que a la química moderna.
JL tenía una hermanita a la que le decían "Gely" y era sumamente hincha pelotas, como corresponde que sea cualquier hermano menor supongo.
Su papá tenía un camión viejo y todo oxidado. Un día JL me contó que se había separado de su mamá y por eso se había mandado a mudar con camión oxidado y todo.
La mamá tenía un Renault R6 "verde vómito" con el que iba y venía. Yo no sabía bien que hacía para vivir, aunque tampoco era algo que me comiera la curiosidad. Pero el caso era que por la casa de mi amigo JL desfilaban incesantemente individuos desconocidos a los que él y su hermanita llamaban "tíos". Yo no sabía bien si eran hermanos del papá o de la mamá, pero lo que sí recuerdo es que eran muchos.
En torno a esa cuestión poco clara subsistía una especie de misterio para mí ya que mi abuela y O cuando hacían referencia a ese tema no hablaban de "tíos" sino de "tipos que entraban y salían". Yo no quería preguntarle mucho a JL por temor a hacerle pasar vergüenza por algo que sospechaba que sucedía dentro de su casa pero que no tenía del todo claro dada mi temprana edad.
El día que conté en casa que la mamá de JL había hecho colocar espejos de pared a pared y de piso a techo en las puertas de los placares de todas las habitaciones de su casa se armó una especie de revuelo sordo entre mi abuela y mi mamá, quienes no paraban de intercambiar miradas cómplices y silenciosas.
A mí la verdad es que me parecía una idea genial que debería haber sido imitada en mi casa, pero eso nunca ocurrió.
El segundo motivo que impedía que esa parte del mundo poco conocido de mi barrio no cayera totalmente en la bolsa de mi indiferencia se encontraba prácticamente enfrente de casa.
Allí vivían "Los P", un matrimonio que así se apellidaba y cuyas actividades a juicio de la opinión del barrio no eran del todo claras a pesar de que se presumía que era un matrimonio muy ligado al folclore artístico.
En esta ocasión mi abuela y O no se jugaron demasiado y les asignaron el apodo de "La Gorda P" y "El Gordo P" respectivamente, por tener un evidente sobrepeso que al parecer no habían conseguido contrarrestar con la gimnasia que el baile folclórico imponía.
Al "Gordo P" rara vez lo veía. De "La Gorda P" guardo un recuerdo fugaz pero de un peso tal como para haberlo dejado escrito en la libreta de imborrables.
La cosa fue más o menos así:
Madrugada de una noche de verano. Calor insoportable. Sin posibilidad de conciliar el sueño a causa del calor acumulado en la casa durante el día. De pronto, en medio del profundo silencio empecé a escuchar desde mi cama unos murmullos que venían de afuera, en dirección a la tira 5 donde vivían "Los P".
Al acercarme sigilosamente a la ventana del living para espiar a través de las rendijas de la cortina de enrollar pude ver claramente y con asombro como "La Gorda P" se encontraba agachada al lado de un pino (tenían un pino en la puerta de la casa) meando en el césped con el camisón enrollado hasta la cintura.
Del "Gordo P" ni noticias, tal vez no tuviera ganas de mear o quizás prefería hacerlo a la usanza ordinaria es decir, en un inodoro dentro de un baño.
Jamás pude alcanzar una conclusión terminante respecto del comportamiento de "La Gorda P", sí puedo afirmar que fue cómico y muy bizarro.
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