Los Caballeros del Asfalto
Por no arrancar una rosa, construyen un palacio.
Por no escuchar un reproche, ejercen la rectitud toda la vida".
(Alejandro Dolina)
Contrariamente a lo que cualquier desprevenido alcance a imaginar, la existencia cotidiana de cualquier individuo común y corriente suele albergar más heroísmo y nobleza del que cualquier espectador de Netflix pudiera esperar de un estreno pochoclero. Estos hechos, desprovistos de todo tipo de grandilocuencias, están íntimamente emparentados con la capacidad de empatía y de altruismo de sus protagonistas, resumiéndose en pequeños actos casi inadvertidos, opuestos a la afectación de los despliegues escénicos de gran formato.
Remigio Pierini, 45 años, oriundo de Junín de los Andes, viajaba religiosamente cada verano y cada invierno desde su pueblo hasta Tres Arroyos en busca de su hijo Adelfo de 10 años, para compartir juntos un tiempo de vida deambulando por ríos y montañas. Era todo lo que sabía hacer para ver crecer a su retoño desde que se separara de su esposa cuando Adelfo apenas contaba con un año y esta decidiera volver a sus pagos para rehacer su vida llevándoselo consigo.
Con ese fin cada seis meses Remigio cruzaba primero las provincias de Neuquén y Río Negro, luego cruzaba apenas el extremo sur de La Pampa y terminaba internándose en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, ida y vuelta, en el invierno y el verano de cada año desde que Adelfo cumpliera tres y reuniera la audacia suficiente como para despegarse de su madre.
En todo ese periplo existe un trecho conocido por quienes frecuentan la ruta 22 como "Recta de Río Colorado". Dicho trayecto situado en la provincia de Río Negro, entre las localidades de Choele Choel y Río Colorado, consiste en 140 kilómetros de asfalto totalmente desprovistos de curvas y ondulaciones. En dicho tramo de ruta, además de automovilistas desquiciados que buscan llegar cuanto antes a cualquiera de sus extremos para escapar de la aletargante monotonía del paisaje, solo es posible encontrar desierto, sumado a un plus de calor abrasador en verano conjugado con campos secos siempre bien dispuestos a los incendios sin control.
La tarde de un domingo de enero encontró a Remigio Pierini viajando con su hijo Adelfo en su noble y sencilla pick up Chevrolet S10 cabina simple modelo 98, rumbo a la cordillera por ese camino caluroso y solitario. Un incendio de campos a la altura del paraje La Adela los traía demorados y probablemente debieran hacer noche en alguna localidad.
—Papá, vamos a pescar cuando lleguemos?.
—Claro hijo!, este año veremos si tenés suerte y conseguís capturar tu primer trucha!.
—También quiero andar en la bici!— agrega Adelfo.
La vida durante los días que compartía con su hijo se resumía en el aprecio de la belleza esencial de las cosas simples, y para Remigio eso era fuente de alimento para su espíritu.
—Puedo cambiar el CD pá?.
—Dale, buscá en el sobre de la guantera. Qué querés poner?
—Quiero poner Led Zeppelin.
—Sii, dale!, me gusta!— casi sin querer Remigio le había trasladado a su hijo sus gusto por el rock clásico y él lo había aceptado con naturalidad y deleite.
La tarde transcurría pero el sol no mostraba síntomas de cansancio, al contrario, parecía que sus rayos eran cada vez más fuertes. El aire estaba seco y las nubes eran inexistentes. La cinta asfáltica se extendía hacia el horizonte como un cordón de plata que hipnotizaba.
—Qué calor pá!, qué pueblo viene ahora?
—Ahora viene Choele Choel Adelfo.
—Y cuánto falta?, me puedo tomar una coca cuando lleguemos?
—Deben faltar como 80 kilómetros más o menos. Cuando lleguemos nos compramos una coca pero sin azúcar, dale?
—Sí, dale— le respondió Adelfo, convencido.
Remigio no veía con buenos ojos el consumo de gaseosas en su hijo, aunque de vez en cuando se lo permitía. "Son vacaciones" se decía a sí mismo como para autoconvencerse.
Mientras pensaba en la gaseosa para su hijo pudo observar a lo lejos la silueta de un vehículo estacionado en la banquina, —uno meando— pensó.
A medida que se acercaba vio sus balizas encendidas y alguien que hacía señas con un brazo en alto. Al pasar al lado del vehículo pudo ver que se trataba de una camioneta japonesa de alta gama y su conductor vestido con un par de bermudas y una camisa floreada parado al costado con el brazo en alto. Remigio también pudo ver que en el asiento trasero una nena no mayor que su hijo los miraba con sus dos manos pegadas al vidrio de la ventanilla.
La mirada de la nena se cruzó con la suya por una décima de segundo, suficiente para que se activaran un sinfín de mecanismos en su cabeza. Doscientos metros más adelante frenó, se tiró a la banquina e inició una maniobra de giro en U.
—Papá, qué estás haciendo?— le preguntó Adelfo entre sorprendido y sobresaltado.
—Ese hombre necesita ayuda Adelfo, vamos a ver qué le pasa.
—Papá, y si son ladrones?— preguntó Adelfo, habituado a las realidades de la vida ciudadana a pesar de su corta edad.
—No lo creo hijo. En el vehículo vi una nena de tu edad.
—Tené cuidado pá— alcanzó a decir Adelfo, un poco preocupado.
Remigio estacionó en la banquina opuesta a la altura de la camioneta y pudo ver que no había peligro alguno. Bajó el vidrio y saludó al hombre que le había hecho señas.
—Qué te pasó?— le preguntó.
—Pinché la derecha de atrás y mi auxilio no sirve— le contestó.
Remigio apagó el motor de la S10 y se dispuso a bajar. —Quedate acá Adelfo ya vengo, no tengas miedo, no hay peligro— le dijo para tranquilizarlo.
—Gracias por parar, hace horas que estoy aquí y la poca gente que pasó siguió de largo. Estoy con mi hija de ocho y en unas horas más se va a hacer de noche. Somos de Neuquén, venimos de Cariló, son nuestras primeras vacaciones juntos…— El hombre con sus comentarios parecía querer desahogar también la ansiedad de otra clase de infortunios personales además del de la pinchadura. Remigio entendió enseguida pero se concentró en la situación.
—Qué macana, mi auxilio no coincide con tus neumáticos, sino te lo prestaba— le contestó.
—Cuando llegues a Choele si das aviso a mi aseguradora para que me auxilien me vas a hacer un gran favor, acá no hay señal y no me puedo comunicar con nadie— le respondió el hombre.
—Es cierto, acá no tenemos señal de celular— le respondió Remigio mirando el horizonte en dirección a la ruta. El sol de pronto ya no estaba tan alto ni tan agresivo como hacía un rato y pronto empezaría a oscurecer.
—Mirá, hagamos una cosa— le dijo Remigio con resolución —Dame tu auxilio, te lo llevo a Choele, lo hago reparar y te lo traigo. Hoy es domingo. Si consigo conectarme con tu aseguradora y ellos a su vez con un servicio de auxilio quien sabe a qué hora te van a enviar ayuda, se hace tarde y vos andás con tu hija…— le propuso al hombre mientras dirigía la mirada a la camioneta desde donde la nena no dejaba de mirarlo.
—Pero mirá que son más de ciento cincuenta kilómetros entre ida y vuelta— le contestó el hombre titubeando.
—No hay problema, dame el auxilio que te lo hago reparar y te lo traigo— le dijo Remigio.
El hombre cruzó rodando el auxilio por la ruta y se lo subió a la caja de la S10. Remigio le dio la mano sin saber por qué y mirándolo a los ojos le dijo: —En un rato vuelvo— subió a su pick up y puso rumbo a Choele Choel.
Mientras se alejaba vio por el espejo retrovisor la imagen del hombre en bermudas y camisa floreada parado delante de su vehículo y pensó: —"Pobre tipo, tirado en medio de la nada con su hija, encima me fui con su auxilio sin darle ningún dato mío, espero que la ansiedad no lo mate".
En el camino a Choele reinó un silencio total al ritmo de Led Zeppelin. Adelfo intuía que estaban en una misión de suma importancia y por eso no se animaba a interrumpir la tensión reinante con una frase inoportuna. Remigio mientras tanto pensaba si lo que había hecho era realmente correcto, dado todo el camino que aún les faltaba recorrer.
Encontrar una gomería abierta en Choele Choel un domingo sobre el final de la tarde no fue tarea sencilla ni rápida, pero tampoco imposible. Remigio subió el auxilio reparado a la caja de su pick up cuando el sol ya estaba bastante bajo. El camino de retorno lo hizo con sumo cuidado motivado por el temor a no encontrar la camioneta. Finalmente a lo lejos pudo ver las balizas señalando su posición. Remigio estacionó su S10 en el mismo lugar que lo hiciera la primera vez y se dispuso a bajar. Adelfo, que yacía dormido en su asiento con la botellita de coca sin azúcar en sus manos se despertó con el ruido de la puerta.
—Gracias!— fue lo único que atinó a decir el hombre al acercarse a Remigio. La nena mientras tanto lo miraba con la nariz casi pegada al vidrio de la ventanilla de la camioneta. —Se la puede enganchar en las orejas— pensó Remigio al verle la sonrisa.
—Te ayudo a cambiarla?— le preguntó al hombre.
—No gracias!, demasiado hiciste ya— le contestó —Tomá mi tarjeta, llamame para lo que necesites. Dame tu teléfono y tu dirección, por favor.
—Soy de Junín de los Andes— le dijo Remigio mientras miraba la tarjeta que decía "Lucio Menéndez, Abogado".
—A veces ando por allá, te paso a saludar— le respondió el hombre, a lo que luego agregó:
—No sé cómo compensarte lo que hiciste hoy por mí y por mi hija, te doy mi agradecimiento sincero.
—Si querés retribuirme, cuando veas a una persona en una situación similar hacé por ella lo mismo que yo hoy hice por vos— le contestó.
Adelfo mientras tanto seguía atento desde la ventanilla de la pick up los pormenores de la conversación que su padre mantenía con aquel hombre. Todo eso que veía y escuchaba lo hacía sentir orgulloso de su padre y a la vez lo fascinaba por ser una situación que lo asomaba a experiencias para él desconocidas hasta ese momento.
Remigio anotó sus datos en un papel y se lo entregó, le dio un fuerte apretón de manos y reanudó su camino.
—Qué bueno que paramos a ayudarlos, no papá?, sino ese señor se hubiera tenido que quedara dormir ahí con su hijita— reflexionó Adelfo mientras se disponía a reanudar su sueño inocente.
—Verdad hijo, qué bueno que paramos a ayudarlos— le contestó Remigio.
Él también se sentía orgulloso y mientras conducía iba saboreando la plenitud de espíritu que brinda la certeza de haber hecho lo que correspondía. Sabía que su hijo no olvidaría ese episodio, que resultaría en otro noble ladrillo para la construcción de su carácter.
Llegaron a Neuquén ya muy entrada la noche. Un hotel modesto al costado de la ruta les proveyó descanso y una sabrosa muzzarella para la cena. Al día siguiente salieron temprano rumbo a su destino final.
Aquel fue un verano bello y pleno, colmado de afecto, sencillez y mutuo aprendizaje. Dos semanas después de aquel suceso de la ruta Remigio recibió en su domicilio una caja del mejor (y más caro) vino que jamás hubiera conseguido probar con una nota de agradecimiento del hombre a quien auxiliara. Adelfo miraba con asombro y ojos desorbitados esa caja finamente preparada la que su solo aspecto le infundía una profunda fascinación.
Remigio siguió viajando año tras año para buscar a Adelfo y compartir con él tiempo de vida y de aprendizaje, en invierno y en verano.
Aunque nunca volvieron a cruzarse con conductores necesitados de ayuda, la búsqueda de esa clase de situaciones se transformó en un divertido juego al que dieron en llamar "Los Caballeros del Asfalto" y que sirvió para aliviar la monotonía de las interminables horas de viaje por esos tramos inhóspitos.
Cuando Adelfo creció y tuvo edad suficiente Remigio dejó de ir a buscarlo a Tres Arroyos y le permitió que viajara solo en micro hasta Junín de los Andes.
Con el tiempo y como es natural, Adelfo empezó a buscar sus propios horizontes y sus viajes a Junín de los Andes comenzaron a espaciarse. El vínculo que habían logrado construir era suficientemente sólido como para seguir disfrutándolo a pesar de la distancia.
Y aunque "Los Caballeros del Asfalto" se disolvieron sus valerosos integrantes jamás olvidaron la noble y única misión que les diera origen.
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