El amor de Elvira

"Y debo decir que confío plenamente

en la casualidad de haberte conocido.

Que nunca intentaré olvidarte,

y que si lo hiciera, no lo conseguiría".

(Julio Cortázar)

El célebre escritor Alejandro Dolina, creador de profundas e inolvidables reflexiones acerca del aspecto dramático que encierra el amor romántico, ha postulado que "para cada hombre hay una mujer, una sola, que reúne todas las virtudes que ese hombre sueña…. Pero el destino ha decidido que nunca jamás se crucen los caminos de ningún hombre con la mujer que para él fue concebida."

Existe otra teoría menos romántica, menos dramática y más racional (la razón es la legía donde se decoloran las pasiones) y cuyo postulado proclama que el destino no resulta caprichoso ni esquivo, y que la mujer concebida para cada hombre siempre está al alcance de sus ojos, solo que este generalmente no la ve porque su otra mitad posee las virtudes que él merece y no las que sueña merecer.

En resumidas cuentas, y dando por sentado lo que nuestros mayores repetían acerca de que "Nunca falta un roto para un descocido", el hecho de que algunos hombres no logren despertar el interés de determinadas mujeres se debe más al hecho de estar mirando en la dirección incorrecta que a cuestiones menos prosaicas, relacionadas por ejemplo con el tan mentado drama de los destinos condenados a no cruzarse jamás.

Omar Latif, más conocido como el "Turco", apuró el vaso de cerveza mientras el bartender lo miraba distraído, y solo después de llevarse unos maníes a la boca se despachó con un profundo suspiro, de esos que nacen de los corazones no correspondidos.

—Elvira…— musitó como para sí mismo.

Desde que la vio, el Turco había quedado perdidamente enamorado de Elvira, la nueva camarera de "Hipólito", el bar que frecuentaba con sus amigos, o al menos eso era lo que él sentía. Elvira hacía veinte días que trabajaba en el bar. Y era perfecta. Dueña de una belleza y una sensualidad inusuales, solo comparable a su encanto y simpatía. Hacía veinte días que el Turco no faltaba una sola noche al bar, para sentarse en la barra a tomar cerveza y ver a Elvira pasearse flotando entre la mesas, irradiando esa luz especial que a todos encantaba y que a él en particular lo estaba consumiendo irremediablemente.

—Hola Turco…, cómo estás?, te traigo algo?— Igual que a un fuego que le insuflan aire a presión, el Turquito se consumía con mayor furia cada vez que Elvira le dirigía la palabra.

—Hola Elvira, qué linda estás hoy!, dejame tu compañía y no te pido nada más…

—Jaja, qué ocurrente!, tengo que atender!— Elvira dio media vuelta y se alejó rumbo a una mesa donde la requerían. El pendular de sus caderas era como una braza ardiendo en las pupilas del Turco.

De pronto la puerta del bar se abrió dejando entrar al "Chino" Rodríguez, que sin dudar enfiló como en piloto automático hasta el sector de la barra donde estaba el Turco.

—Turquito…, cómo va?, qué onda?— se saludaron con el abrazo habitual de los amigos fraternos.

— Qué hacés Chino?, tomate una birra.— el Turco, casi como en su casa, estiró la mano hasta la copera de la barra y descolgó otro vaso que llenó con la cerveza que quedaba en la botella, mientras que el Chino sumergía la mano en la fuente de maníes.

—Y Turquito?, ya te la ganaste a Elvira?

—Es una diosa Chino, desde que la vi no hago más que pensar en ella, además es tan dulce…

— Pero vos te fijaste cómo te mira, no?— comentó el Chino como tirando más leña al fuego.

El Turco no sabía si tomar el comentario del Chino como un dato o como una cargada. Elvira siempre lo miraba y él ya lo había notado, pero su inseguridad y su natural tendencia a la duda lo inclinaban a pensar que quizás fuera simplemente porque ese era parte de su trabajo como camarera: estar atenta a toda la clientela.

—Encarátela Turco, si seguís esperando te va a presentar al novio— le decía el Chino con su sarcasmo habitual, —uy, guarda, ahí viene, ahí viene—

—Hola Chinito, ya te atendieron?— preguntó Elvira.

—Hola corazón!, si gracias yo ya estoy atendido, pero mi amigo parece que no— comentó el Chino ensayando un doble sentido que pasó olímpicamente de largo.

—Elvira, nos acercás otra birra por favor?, le solicitó el Turco.

—Aquí tienen, esto es lo último que hago porque ya me voy…

—Te vas tan temprano?— le preguntó el Turco entre el desaliento y la extrañeza.

—Si chicos, Julia y yo hoy cumplimos nuestro primer año de noviazgo, y nos vamos a festejar por ahí.

Un baldazo de hielo picado les hubiera resultado más templado que el comentario que con lógica naturalidad acababa de hacer Elvira.

—… Felicitaciones!...— alcanzó a articular el Turco tratando de parecer sincero y espontáneo.

—…Besos a tu novia, que la pasen bien!— consiguió redondear el Chino.

 —Gracias!, son unos dulces, nos vemos, no me extrañen!— y dicho esto Elvira soltó una sonrisa como para resucitar a un muerto, alejándose luego con esa cadencia indescriptible en el andar.

El Chino volvió a llenar los dos vasos de cerveza. Mientras rumiaban el maní en silencio, bebieron con la mirada perdida entre las botellas de la estantería del bar.

De pronto el Turco rompió el silencio:

—Chino, qué sabés de tu prima Sofía?, todavía sigue saliendo con aquel flaco que laburaba en Tribunales?.

—No sé turco, si querés te paso su celu por Whatsapp. Es una mina re macanuda Sofía…

—Si dale, si está libre el jueves la invito al cine, creo que estrenan la última de Tarantino. Le gustarán las películas de Tarantino?…

—No sé Turco, qué se yo, llamala y preguntale…

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