El tibetano violento

"Lo que hoy somos descansa en lo que ayer pensamos,

y nuestros actuales pensamientos forjan nuestra vida futura."

(Buda) 

En un mundo construido sobre la racionalidad y el conocimiento científico la gran mayoría de las mortales adhiere a la idea generalizada de que cada uno es artífice de su propio destino, otros en cambio postulan que por encima de cualquier esfuerzo posible para encauzar un rumbo, ya existe un camino marcado para cada ser, el que es imposible torcer y al cual estamos irreductiblemente destinados. Un tema espinoso y controvertido que ha dado para cortar metros y metros de tela y que ha consumido innumerables noches de café y discusión con amigos para no llegar nunca a una conclusión en concreto.

El caso de Ernesto "Cabezón" Manfredi, es digno de señalar como una razón para pensar que a veces es preferible dejarse de tanta historia y "creer o reventar".

Compañero de curso del secundario, el Cabezón Manfredi supo alcanzar el más alto nivel de popularidad entre todos nosotros, comparable al del más aplicado, al del más pintón, al del más exitoso con las minas o incluso al del mejor compañero, pero en su caso particular, lo que elevó su índice de popularidad hasta los puestos más altos fue más bien una debilidad que a todos nos divertía: Su gran irritabilidad ante las cargadas al equipo de fútbol de sus amores, el Club Social y Deportivo Sudor y Alegría, que nunca consiguió acceder a la 5° Categoría de Primera D.

La cuestión es que el Cabezón Manfredi era blanco permanente de cargadas en referencia a ese equipo de fútbol que no tenía la más mínima chance de ingresar a la AFA y que sin embargo vaya uno a saber por qué, era su objeto de culto.

Su disgusto solía ser de tal magnitud frente a sus detractores que se volvió duelista habitual de batidas a puño limpio a la salida del colegio para limpiar el honor mancillado de su equipo.

Muchos años de terapia y elecciones personales llevaron al Cabezón Manfredi a abrazar el budismo y ordenarse como monje en el templo de Jokhang, en Lhasa, capital de Tíbet. No están muy claros los motivos de la elección del templo, pero algunos creen que su cholulismo determinó la elección debido a la cercanía con el Potala, la residencia oficial del Dalai Lama.

Casi treinta años después, el Cabezón volvió de visita al país convertido en Lobsang Lopon Mygir, monje budista tibetano, y nuestro compañero el "Sordo" Benavidez,  con quien mantuvo comunicación permanente, organizó una tallarinada en su casa para recibirlo, convite al que asistimos todos los del curso.

—Sordo, qué es eso de los tallarines?, por qué no nos clavamos un lechón o un chivo como de costumbre? — le inquirí por teléfono cuando me llamó para invitarme,

—Sabés qué pasa?, el Cabezón no le hace más a la carne, parece que esto del budismo va totalmente en serio y queremos que se sienta bien, verdad?— me contestó Benavidez. Ante un argumento tan sólido e imposible de rebatir, opté por darle la razón y confirmar mi asistencia para ese domingo al mediodía.

Cuando llegué a lo del Sordo allí estaba el Cabezón, totalmente rapado y vestido con esos típicos atuendos de color rojo y azafrán con los que no sé cómo hacen para no cagarse de frío.

— Ernesto, que significa ese nuevo nombre tuyo?, le preguntó el dueño de casa para iniciar una charla de tono educativo

— Lobsang Lopon Mygir significa "El amistoso, educado e inmutable" y me fue dado por mi maestro el día que me ordené sacerdote. Buda es infinito y ve en nuestro interior — le contestó Ernesto, con una mesura que despedía como un halo de sabiduría milenaria.

—Pero Cabezón!, te podemos seguir llamando así o te tenemos que decir Lobsang? — le apuntó el "Dientón" Benítez en tono amistoso y como para romper el hielo.

—Hermano, podés llamarme como desees, el amor de Buda es inconmensurable — le contestó el Cabezón con una sonrisa de beatitud y tranquilidad que maravilló a todos.

—Cómo hiciste para aflojarle a la carne "cabeza"? — le espetó el "Chiqui" Serna apurando un vaso de vino,

— Buda no prohíbe comer carne, pero elijo el camino de la bienaventuranza hacia todos los seres que respiran — le contestó Manfredi con una expresión que irradiaba luz y serenidad. El asombro y las miradas de extrema aprobación corrían a la par que el vino.

La conversación siguió animándose entre preguntas sobre la vida en Tíbet y efusivas demostraciones de afecto hacia Ernesto. Después de la segunda vuelta de tinto al que el Cabezón reemplazó estrictamente con agua mineral, flotaba en el ambiente la fuerte impresión de que entre ese instante y el último día de clases no había pasado más que un momento.

Ya sentados a la mesa y degustando los tallarines con salsa Scarparo preparada por el dueño de casa, los brindis y alabanzas a favor del Cabezón Manfredi ahora devenido en Lobsang Lopon Mygir se sucedían sin solución de continuidad.

—Che "cabeza", allá tenés algún equipo para hinchar o no conocen el "fulbo"? — le inquirió de pronto el "Turco" Raschid, situación que generó un súbito silencio entre todos los comensales, habida cuenta de los particulares motivos de la antigua popularidad del agasajado.

—En Tíbet se conoce el fútbol y además tenemos una Selección, pero la gloria de Buda es superior y mis horas son plenas al seguir su enseñanza, le contestó Manfredi con la misma suavidad con que un loto flota en el agua. Miradas de aprobación del resto.

—Ja!, la selección tibetana!—insistió el turco.—Qué destino el tuyo Manfredi, siempre hinchando por crotos, eh?! — a la par que soltaba una carcajada mientras que con el vaso de tinto en alto salpicaba sin querer al "Chino" Rodríguez que lo miraba desprevenido.

—Querido amigo, nuestra mente debe estar más allá de todo juicio para saber observar y comprender — le contestó el Cabezón, a la vez que le regalaba una sonrisa. Esta última frase aunque infinitamente conciliadora, ya no irradiaba la misma templanza de espíritu que había obnubilado a la concurrencia al principio de la reunión.

—Che Ernesto, lo bien que hiciste en irte al Tíbet, si te quedabas te hubieras tenido que hacer boxeador a la fuerza!, los muchachos de Sudor y Alegría juegan cada vez peor — le disparó el "Chiqui" Serna.

—Con decirte que el domingo pasado los del equipo contrario jugaron enyesados para darles ventaja y terminaron cero a cero! — prosiguió, ante una carcajada general que aprobaba su ocurrencia.

—"La mente lo es todo. Lo que pienses, en eso te conviertes" — murmuró Manfredi como para sí mismo mientras cerraba los ojos. Ahogado por las risas, la coloración de sus mejillas iba adquiriendo poco a poco un tono que empezaba a hacer juego con su túnica.

—Che, saben en qué se parecen los Teletubbies a los de Sudor y Alegría? — ensayó el dientón Benítez — en que cuando están en el césped siempre hacen el ridículo! — La risa general se expandió como una explosión por todo el recinto, en tanto el Cabezón Manfredi miraba los tallarines y como hablándoles mascullaba:

—"La paz viene de dentro, no la busques fuera"

—"Lo que eres es lo que has sido. Lo que serás es lo que haces a partir de ahora"

—Ehh "cabeza"!, no te vas a calentar eh?, mirá que ahora sos Lobsang no sé cuánto y…

El plato de tallarines salió volando desde el extremo de la mesa donde estaba Manfredi, describiendo una parábola perfecta dibujada en el aire por una estela de salsa Scarparo que se iba escapando del plato en su recorrido, para impactar de lleno en la cara del Turco, que no pudo terminar la frase. Detrás del plato como un enajenado, Lobsang Lopon Mygir, devenido otra vez en Ernesto "Cabezón " Manfredi, corría sobre la mesa al encuentro del turco con una de sus ojotas de cáñamo en la mano para fajarlo,

—Turco y la recalcada concha de tu madre!, te voy a partir el culo a ojotazos!, me tienen podrido con sus joditas de mierda!, los voy a hacer cagar a todos manga de putos!

La batahola fue espectacular. El Cabezón Manfredi, sospecho que ayudado por Buda, repartió tortas a diestra y siniestra. Los móviles de la policía arribaron por solicitud de los vecinos, que vieron interrumpida su apacible siesta del domingo. Para nuestra mayor comodidad, los efectivos policiales tuvieron a bien disponer el arribo de un vehículo especial para el traslado de reos en el que nos cargaron a todos hasta la seccional, donde nos brindaron alojamiento durante 24hs antes de ser fichados y puestos en libertad. A Ernesto no lo volvimos a ver. El sordo Benavidez supo tiempo después que unos tipos del consulado de Tíbet vinieron y se lo llevaron directo al aeropuerto.

Una semana después, reunidos en el café, seguíamos repasando el bochornoso incidente:

—Qué boludo el Cabezón che!, cómo se va a calentar por una jodita!...

—Un desubicado, es monje budista, se olvidó de su investidura…

—Treinta años al pedo metido en un monasterio y sigue siendo el mismo calentón de siempre…

—Y cómo le dejó el comedor al sordo, mucho Buda mucho Buda, pero se borró como un campeón, vieron?...

 —"Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen"…

Los comentarios se sucedieron hasta agotarse, dando paso a la actualidad nacional y por último a los temas de real importancia como las últimas conquistas amorosas de alguno de nosotros por caso.

El universo es complejo, infinito e indescifrable. Sus leyes lo gobiernan todo, incluso la vida de seres como el Cabezón Manfredi que por más que se vayan a vivir al culo del mundo y se cambien de nombre nunca van a poder cambiar el color de su esencia ni torcer el rumbo de su destino real. Creer o reventar.


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