El puestero sin nombre

"… cada uno tiene que conocer en la vida muchas tristezas.

Lo notable es que cada tristeza es distinta de la otra,

porque cada una de ellas se refiere a una alegría que no podemos tener."

(Roberto Arlt)

Los hechos que pasaré a relatar pueden haber ocurrido hace más de cuarenta años y los escuché de boca de un compañero de viaje ocasional con el que compartí asiento en un colectivo de la única empresa que recorre la Línea Sur rionegrina. Las referencias geográficas de los acontecimientos que relataré son vagas, pero bien podrían situarse en cualquiera de los puestos de campo que se encuentran entre San Antonio y Bariloche.

El protagonista de los hechos, conocido de un amigo de quien me confiara este relato, se llamaba Eusebio y ocupaba su existencia recorriendo la ruta nacional 23 en una Ford F100 carrozada heredada de su padre, para abastecer de mercadería a los puestos de la zona. A sus cincuenta y tantos años seguía manteniendo aquel oficio de proveedor que su padre le enseñara ni bien terminó la primaria. "Una vez viajante, viajante por el resto de la vida" solía decir a modo de excusa o de genuina explicación, nadie sabe.

Aquella vez llovía fuerte. La tormenta había traído penumbras en pleno atardecer y Eusebio viajaba dificultosamente con su vehículo sobre esa senda barrosa en que se había transformado la ruta, tratando de llegar al próximo puesto para encontrar algún cobijo.

— Qué barro de mierda — pensó, — vengo como chorizo en fuente de losa.

Estaba acostumbrado a la soledad del camino, la buscaba. De chico había acompañado a su padre en esos viajes interminables y ahora era el recuerdo de su padre quien lo acompañaba. Pero a lo que no se acostumbraba era al barro. Ese barro jodido que se había llevado a su viejo en aquel accidente.

Su padre se había ido como a destiempo, y Eusebio debió hacerse cargo del trabajo y de su adultez temprana, cargado de preguntas sin respuesta y sobre todo, con la imagen inacabada de su padre.

No pasaba un día en que no pensara cómo hubiera sido la historia si lo hubiera acompañado ese día, pero como única respuesta solo conseguía conjeturas inconclusas.

De pronto un refucilo desnudó la figura de aquel hombre al costado del camino. Eusebio no pudo más que asombrarse por su presencia ahí parado como si nada. Seguro estaba hecho sopa y sin embargo tal situación no parecía afectarle. Llevaba poncho y boina ancha, propio de los paisanos puesteros de la zona.

Detuvo la F100 al lado del hombre y bajando el vidrio del acompañante le gritó:

—Oiga amigo!, suba que lo llevo! — Mientras le pegaba aquel grito para que subiera alcanzó a ver como en medio de la penumbra de la tormenta y por debajo de la boina sus ojos relucían igual que los de un puma.

Respondiendo con un movimiento mínimo de la cabeza abrió la puerta de la camioneta y  subió. Eusebio se percató de que no llevaba equipaje alguno.

— Para dónde va amigo? —. La pregunta resultaba extraña luego de haber visto a ese hombre parado bajo la lluvia como si nada.

— Salí a estirar las piernas nomás — contestó lacónico.

Durante largo rato el silencio y el humo de cigarrillo se adueñaron de la cabina de la F100, mientras que afuera la lluvia no paraba en su intento por borrarlo todo.

— En la tranquera pasando la curva, una legua pa'dentro está el puesto — dijo el paisano de pronto. El comentario tranquilo y pausado sonó casi como una orden.

Sin hacerse muchas preguntas Eusebio encaró para aquella tranquera pobretona que esperaba abierta y que poco se diferenciaba del alambrado circundante, metiéndose en una senda no menos barrosa que la anterior.

El camino era poco más que una huella y no estaba muy firme. Cien metros después de una laguna, pasando un álamo guacho, justo detrás de una loma y con ayuda de la poca luz que quedaba se pudo divisar por fin un rancho de piedra y quincha, visión que en ese momento le resultó a Eusebio de una total alegría.

El hombre bajó enseguida y Eusebio lo siguió. Entraron al rancho totalmente oscuro. Debajo de sus pies pudo sentir el suelo de tierra apisonada que adivinó limpio y parejo.

Conocedor de su refugio el puestero encontró unas velas que encendió y que después terminaron recortándose sobre una pequeña mesa de madera a un costado. Acto seguido en un fogón en el centro del recinto armó un fuego para calentarse.

— Con el primer mate disparó una frase: — Conozco esa F100. Su padre alguna vez me ha traído yerba, azúcar y harina.

Y enseguida, como si la lengua se le hubiera despabilado: — Al pedo que lo hubiera acompañado aquel día,  no hubiera podido hacer nada.

— Qué sabe Ud. de ese día? — le contestó Eusebio asombrado.

— Poco — , pero lo que sí sé es que no hubiera podido hacer nada.

— Las cosas pasan cuando tienen que pasar, los hombres creen que deciden, pero apenas aceptan. Su padre donde está seguro que está bien.

— Tómese otro amargo. Puede echarse sobre esos cueros hasta que pase la lluvia.

El hombre después de quitarse el poncho se echó en su catre tapándose con unos cueros de oveja y ahí nomás se durmió. Eusebio pensativo intentó hacer lo mismo, pero el ruido que metía la tormenta y las palabras del puestero le dificultaban la tarea.

Su descanso fue más bien agitado, poblado de sueños donde viajaba por caminos de tierra sin principio ni fin y en donde su padre aparecía de un modo u otro ocupando los protagonismos más grotescos e inconcebibles.

Cuando Eusebio se despertó el sol todavía no había asomado aunque la primera claridad del día ya se dejaba ver a través de la puerta abierta del rancho. La tormenta se había ido y se alcanzaba a adivinar un cielo que pintaba limpio. El puestero al parecer se había levantado temprano porque el catre estaba vacío.

Afuera la F100 seguía esperándolo mojada. El próximo pueblo debía estar a tres horas más o menos, si se apuraba capaz que podía llegar a media mañana.

Se fue sin despedirse. Pese a la tormenta del día anterior el paisano había arrancado temprano y quizás ya estuviera en sus tareas de campo.

— A la vuelta paso, necesito saber más —, pensó.

Cuatro días después ya en viaje de vuelta, ni bien vio la tranquera pobretona que aún seguía abierta encaró la camioneta hacia el rancho de aquel paisano de quien ni siquiera conocía su nombre, decidido a esperarlo el tiempo que hiciera falta para poder hablar con él.

La tierra ya estaba oreada y el camino había vuelto a ser amigable. Cien metros después de la laguna, pasando el álamo guacho, justo detrás de la loma Eusebio pudo avistar unas pircas desordenadas que alguna vez podrían haber sido los muros de un rancho.

En un profundo estado de sorpresa y desorientación se bajo de la F100 para recorrer el lugar. Sin duda alguna era allí donde se había guarecido de la tormenta de hacía cuatro días atrás, sin embargo del rancho que lo había cobijado no había más que una antigua tapera. No quedaban rastros de la quincha del techo. La tierra apisonada de lo que fuera el piso interior estaba agrietada e intentaba resistir sin mucho éxito la aparición de los yuyos. Casi en el medio, los restos de un fogón; y en un rincón los de un catre. Una mesa de madera quemada por incontables soles y lluvias seguía resistiendo apoyada a un costado.

Eusebio siguió recorriendo la ruta 23. El paso de los años y la imposibilidad de encontrar una explicación razonable para aquel episodio vivido lo obligaron a eliminar de su cabeza la ubicación de aquella tranquera pobretona. Tampoco volvió a tramar conjeturas inconclusas sobre otros posibles desenlaces para el accidente de su padre. Solo se dedicó a conservar su recuerdo tranquilo, ya lo había dicho aquel puestero sin nombre: "Donde estuviera seguro estaría bien".


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